El parto en casa
- Andrea Peña
- 6 jun
- 6 min de lectura

Aquí escribo sobre mi segundo parto, el alumbramiento que tanto anhelaba para la llegada de Baruk, mi segundo hijo.
La primera vez fue difícil saber qué esperar. Nadie te enseña realmente lo que implica parir, lo que significa abrir cuerpo, mente y espíritu para traer al mundo a un ser que amarás más que a ti misma. Creo que mucho de ese miedo viene de la desconexión comunitaria, del olvido de acompañarnos entre mujeres y de haber perdido la conciencia alrededor del nacimiento.
Gracias al camino que me llevó a encontrar distintas tribus de mamás, entendí que lo que buscaba era un nacimiento humanizado y respetado. Un espacio donde mis hijos pudieran llegar al mundo sin violencia; donde el parto no fuera tratado como enfermedad ni reducido a protocolos rígidos, sino acompañado desde el amor, la escucha y el sostén.

Por eso me mantuve firme en la idea de un parto natural, primero con mi hijo mayor Arhat y ahora con Baruk.
Con mi primer hijo vivíamos en un pueblo cerca del mar y, con todos los contrapesos del miedo —a que algo pudiera pasar— decidimos hacerlo en una casa de partería en Puerto Vallarta, cerca de un hospital. Fue un reto hermoso, pero al final terminé en el hospital, cansada, de un parto seco y viviendo justamente lo que quería evitar.
En cuanto llegué, mi trance dejó de ir hacia el interior y comenzó a ser invadido por todo lo externo. Todo se volvió caos: desconocido, frío, sin empatía, regido por protocolos. Los médicos parecían no saber acompañar lo que realmente necesitaba; seguían estructuras aprendidas, cuando mi cuerpo, mente y espíritu pedían otra cosa: confort, guía, contención y sostén.
Para el nacimiento de mi segundo hijo decidimos hacerlo en casa. Nos habíamos mudado a Morelia, Michoacán, y encontrar un lugar que realmente se sintiera hogar fue difícil… hasta que lo encontramos. Supe que ahí sí podría sentir eso que me había faltado antes: intimidad, libertad y refugio. Un espacio donde pudiera entregarme por completo al proceso y encontré a unas parteras revolucionarias! Maternaraíz.com . Paullete y Gle, un amor de mujeres que me guiaron, me contuvieron, y sostuvieron durante toda la gestación y el parto.
Este parto comenzó semanas antes. Durante casi dos semanas tuve contracciones que iban y venían. El cuerpo, sabio, preparándose poco a poco antes de la gran llegada. Fueron días de incertidumbre, de cansancio mental, de luchar contra el tiempo y contra mi propia desesperación.
Mi primer hijo había llegado antes de tiempo, así que yo estaba convencida de que Baruk también se adelantaría. Cuando contacté a Ana, mi doula, me comentó que tenía un evento el 11 de marzo, justo en mi fecha probable de parto. Yo le respondí segura: “seguro llega antes”.
Pero llegó el 9 de marzo y todavía no sentía nada claro. Entonces, agotada de esperar, solté el control y pensé: será lo que tenga que ser. Esa misma noche, a las 10, comenzaron las contracciones cada diez minutos durante una hora. Luego cada siete minutos. Cada vez más intensas. Entonces lo supe: ya venía.
A las 12pm le escribí al equipo para avisarles en qué etapa estaba. Hablé con Ana y me dijo: “avísame cuando quieras que vaya”. Colgué… y la intensidad aumentó de golpe. Así que enseguida le escribí de nuevo: “ya vente”.
Emilio, mi pareja, todavía me decía que quería descansar un poco más, pero yo ya sabía que nuestro hijo venía en camino. Mi mamá también estaba en casa esperando, y le avisé que todo había comenzado.

Gle, una de las parteras, llegó a los veinte minutos. Yo ya sentía las contracciones profundas, atravesándome. Después llegó Ana, y poco a poco fueron llegando Paulette, Diana y Rosana. Bendecida entre tanta mujer hermosa… y mi hombre de fuego sosteniéndome.
A la una de la mañana el trabajo de parto se intensificó. Frente a la cama encontré un pequeño espacio y ahí me acomodé, como mamífero buscando su guarida. Comencé a ir hacia mi interior. Me afirmé en un canto carnático, instintivo, profundo, y mi trabajo interno despegó por completo.
Sentada en el banco de parto, sin dejar de cantar, sentía cómo mi cuerpo se abría. Percibía a mi bebé como una esfera presionando para salir. Cada respiración expandía mi cuerpo; cada sonido que nacía de mi boca guiaba el ritmo del parto. Todo tenía su propio compás. Era escuchar al cuerpo y obedecerlo.
A mi alrededor, la tribu cantaba conmigo. La armonía sostenía el momento. Mi cuerpo se expandía; la duda llegaba y se iba. El miedo aparecía por momentos, pero el amor lo envolvía todo. Mi aliento y mi canto dirigían el ritmo, el puje, la llegada.
Emilio sostenía mi cadera y mi cuerpo en cada contracción, ayudándome a abrir espacio para el paso de nuestro hijo.
Paulette me repetía: “por ahí es… respira”, y yo comprendía desde las entrañas cómo aquella intensidad me guiaba. Sabía cuándo rugir, cuándo descansar, cuándo tomar aire y cuándo volver a cantar.
Ana, frente a mí, me sostenía con la mirada y la respiración para que no me perdiera en la intensidad. Rosana acompañaba y guiaba desde la calma. Gle y Paulette atentas a mi bebé y a mí, monitoreandonos y buscando nuestro bien estar. Diana sosteniendo todo desde la presencia. Cada una ocupando su lugar en aquella danza sagrada.
El bebé descendía, y yo me concentraba en esa sensación de apertura, de liberar el paso a esa criatura que presionaba todo mi centro, mi vasija, y a aullar como loba. Entonces comenzó la canción:
“Ábrete corazón,
ábrete sentimiento,
ábrete entendimiento,
deja a un lado la razón…”

Y ahí canté con toda mi fuerza. Pujé con todo mi ser. Salió la cabeza. Yo intentaba ir despacio, aunque la intensidad era inmensa. Respiraba.
Y entonces lo sentí deslizarse completamente. Como un torbellino atravesándome.
Ya estaba aquí.
Con el cuerpo temblando. Lo tomé entre mis brazos y lo pegué a mi pecho. Sentí la alegría más grande, nunca pensé que podía amar a otro ser igual que mi primero y ahí estaba, ya en mis brazos. En un momento las parteras me pidieron darle succión boca a boca para ayudarle a liberar el moco y respirar mejor. Ya habíamos hablado de esa posibilidad durante el curso, así que lo hice sin miedo. Y ahí estaba mi niño, respirando, entregándose al mundo.
Mi cuerpo temblaba del esfuerzo, del alivio, de la entrega. Apenas podía sostenerme. Emilio seguía detrás de mí, sosteniéndome como lo hizo durante todo el parto.
Me llevaron a la cama rodeada de sonrisas y amor.
“Lo hiciste muy bien”, me decían.
Y yo no podía creerlo. Mi bebé estaba ahí, sobre mi pecho.
Pura felicidad.
Puro amor.
Pero aún faltaba el segundo parto.
La placenta.
Esa espejo de vida que alimentó y sostuvo a mi bebé durante meses. Sentía todavía el cordón latiendo, unido entre nosotros. Colores profundos, casi de otro mundo.
Las contracciones comenzaron otra vez y por un momento volvió el miedo de sentir esa intensidad. Pero me sostuve. Respiré. Pujé. Y poco después salió aquella otra belleza: el espejo de vida y nutrición que había acompañado a mi hijo dentro de mí.
Baruk ya buscaba el pecho, y yo deseaba que succionara pronto. Siempre sentí que era importante que comenzara a alimentarse desde el inicio, que encontrara nuevamente ese vínculo inmediato conmigo. Finalmente se enganchó y comenzó a succionar. Conectados otra vez.
La tribu me sostuvo.
En la fuerza de su llegada mi cuerpo se abrió y se desgarró, pero en sus manos encontré cuidado y respeto. Ahí mismo me atendieron, me suturaron, me recogieron y me honraron como a una reina.

Permitieron que mi cuerpo siguiera su propio ritmo. Escucharon cada necesidad, cada silencio, cada sensación. Estuvieron presentes en todo momento, resguardando mi confort, mis deseos y el bienestar de mi bebé.
La revisión de bebe fue a mi lado, calmada y con tanto amor, q el permanecia tranquilo, se podía ver el cuidado de una madre en los movimientos de Paullet, la luz es tenue y bebe no llora ni se siente atormentado. Ver ese cuidado que no pasa en los hospitales, es uno de los principales motivos de los partos en casa.
Cierro este portal de vida con profunda gratitud.
A las mujeres de mi linaje, a las que parieron antes que yo, a las que abrieron camino con sus cuerpos, su fuerza y su entrega. Gracias a ustedes hoy puedo parir desde otro lugar, desde otra conciencia.
A las tribus que me sostienen: mi familia, mis amigas, mis hermanas de camino, mujeres medicina, las parteras, que con su presencia y su canto me recordaron que nunca estamos solas.
A mi pareja, que honra mis decisiones, que acompaña y sostiene, que fue raíz y fuego durante todo este viaje. A mi hijo Kin Arhat que me enseñó a parir por primera vez y el amor condicional. A mi hijo Baruk por escoger la llegada que me empodero como mujer.
Y a este cuerpo sabio, a esta memoria ancestral que vive en cada mujer.
Hoy más que nunca creo en la importancia de devolverle el poder al nacimiento. De recordar que el parto puede ser un espacio sagrado, amoroso y respetado. Que cada mujer merece elegir cómo, dónde y con quién parir.
Es urgente nombrar y detener la violencia obstétrica que aún atraviesan tantas mujeres, y abrir caminos más humanos para quienes vienen al mundo.
Porque parir también es un acto de conciencia.
Y elegir cómo hacerlo… es un acto de amor profundo






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